Jueves 4 Agosto, 2016 | Publicado a las 22:23 · Actualizado a las 22:23

Columna: A propósito de los 75 años del Liceo.

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Por: Roberto Cano Cano, abogado, juez de Río Bueno y escritor autodidacta.

 

 

 

El Liceo de Río Bueno ha tenido varios nombres a lo largo de su existencia, pero esencialmente sigue siendo liceo, sea como sea llamado. Y así lo seguiremos llamando, especialmente los estudiantes menos nuevos.

 

¡Cuantas vidas! ¡Cuánta Historia y cuántas historias se han vivido en  75 años, por los cientos de profesores y funcionarios, por los miles de estudiantes que vivimos allí, ya sean los seis años de las humanidades o los cuatro años de la educación media. O parte de esos. Y en sus distintos lugares de funcionamiento: en

la Casa Wenderoth, en la Casa Furniel y los últimos ya más de 30 años en su actual edificio, construido para el Liceo. Porque los dos primeros fueron Casas adaptadas.

 

La vida en el Liceo es la etapa primaveral de la vida de las personas; de transición, saliendo de la  niñez y entrando a la adultez; con el despertar intelectual y físico, con los primeros amores (¿Cuántos se hicieron y deshicieron allí y otros cuantos se hicieron definitivos?); época de brotes de las flores. La edad en que se va cobrando conciencia de lo que se es y pensando en lo que se será. Cuando  se hace el diseño de la vida personal, para después, en los años siguientes, armar la arquitectura y terminar en la construcción.

 

La etapa del Liceo es la etapa de la vida cuando se tiene conciencia y aún no se tienen responsabilidades; ni obligaciones ni deudas, compañeras tan molestas como necesarias y permanentes. Cuando uno comienza a descubrirse; cuando se comienza a mirar hacia delante con la mirada más elevada. Cuando se sueña y a través de las materias se conocen nuevos mundos y realidades; cuando a través de la socialización con nuevos compañeros impuestos van apareciendo las amistades espontáneas y duraderas. Solo se sabe cuan hermosa es esta época cuando se ve con la mirada volcada desde el futuro.

 

Por eso son importantes las ocasiones de reencuentros, para recordar los mejores momentos, las anécdotas, las vivencias que se hicieron inolvidables. Ocasiones para encontrarse de nuevo con otros y otras, a quienes se ha dejado de ver durante un buen tiempo y con quienes se comparte orgullosamente la identidad de haber sido liceanos. Desde donde se ha salido con distinta  suerte, distintos caminos, diversos destinos.

 

Estemos donde estemos, seamos quienes seamos, llegamos a juntarnos más con nuestras alegrías que con nuestras penas, porque los dolores no son invitados en estas oportunidades.

 

 Las personas somos seres sociales, necesitamos estar vinculados con otros para satisfacer nuestras necesidades humanas, de la más diversa índole, las de conocimientos y de preparación, las sensibles de la amistad, todas aquellas para crecer. Las personas somos seres inteligentes, que nos damos cuenta de nuestro interior y de nuestro rededor y entendemos que debemos caminar hacia lo que viene; somos seres sensibles, por eso nos emocionan estas encuentros; somos seres con memoria y acudimos aquí con lo mejor de nuestro pasado, atesorados como recuerdos. Y  principalmente somos seres que conocemos el agradecimiento. Por eso, desde hoy decimos hacia el ayer, gracias a nuestros profesores, a los inspectores, secretarias y auxiliares, a todos quienes han trabajado en distintas funciones en este Liceo; a nuestros padres, madres y apoderados, cuyo sacrificio se compensa con nuestros éxitos; a nuestros compañeros y compañeras, que nos hicieron tan agradable aquella vida que ahora acudimos presurosos y esperanzados ante el llamado de vernos y de compartir.

 

 No está todo dicho en este texto, escrito al correr. Pero es importante que esté una parte.

 

Y nos comprometemos para asistir a los actos de celebración, cuando este Liceo, que será siempre nuestro, cumpla cien años.

 

Nos vemos.

 

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